Cada día que pasa tengo miedo de respirar, de sentir, de ser. Cada mañana es una tortura, sólo el pensar que debo encontrar gente en la calle, que debo trabajar. La rutina no va conmigo pero es parte de mi vida. Al despertar abro mis ojos y miro a la ventana, nunca siento que el sol entre por ella. Como siempre salgo temprano para evitar el tráfico pero no sirve de nada, el mundanal ruido de la ciudad me aturde y me harta, esta vida sin vida no es nada.
Siempre espero a la tarde para dejar los papeleos de la oficina, para alejarme de ese montón de gente que sólo estorba, para apartarme del sonido de las copiadoras y descansar mis ojos del computador, cada tarde voy al café de la esquina del trabajo. Como todo buen poeta me siento en la ventana que da a la calle, desde allí puedo ver la gente pasar sin que puedan tocarme, y muchos ni siquiera se dan cuenta que los observo, detrás de ese vidrio tan delgado soy invisible e invencible, no soy nadie y soy más que ellos. Al terminar mi café camino hacia mi departamento está a unas cuadras de allí. Vivo sola, no tengo amigos, ni familia, por eso a veces me pregunto si en realidad existo, pero tristemente se que sí.
Era una tarde como cualquiera, llovía a cántaros, todos esos malditos e ingenuos individuos que estaban afuera corrían para evitar mojarse, que tontos. En fin, miraba a través del vidrio, tenía dibujada en mi rostro una sonrisa burlona, cuando de repente, no se de donde ni en qué momento, en medio de la calle apreció la mujer más hermosa que jamás pensé ver, tenía un cuerpo fascinante, sus cintura era como la de una avispa a punto de parir, tenía un semblante de ángel que había sido pervertido por el demonio, ¡que cara!, esos ojos seductores y deseosos, esos labios partidos pero carnosos, sus senos se veían rígidos como montañas, sus piernas parecían tan escuálidas pero a la vez rígidas como dos troncos. Estaba vestida como una puta, llevaba un vestido rojo y unos tacones del mismo color, y aun así era perfecta, la lluvia cubría su cuerpo como manto, parecía no tener frío porque sus pezones no estaban alborotados.
Juro que quería mirar hacia otro lado, pero no me era posible, estaba hipnotizada por esa hembra solitaria, ella alzó la mirada y se fijó en mí, estoy segura que se fijó en mi, lo sé porque me sonrió diabólicamente, cerré mis ojos para comprobar que no era una ilusión estúpida de las que suelo tener, pero no, ella seguía allí en frente, mirándome inmutable.
Era la primera vez que no sentía asco de alguien, entonces, exasperadamente y sin razón me levanté de la silla y corrí hacia a fuera, crucé la calle, la tomé de la mano y acaricié su cara, era tan suave y delicada que no sabía cuanto más resistiría mi corazón. Ella no dejó de mirarme, estábamos empapadas y ello parecía no importarnos, no dijimos ni una palabra pero estaba presente esa tonta necesidad de escuchar su voz por primera vez, y a pesar de ello me enamoró ese silencio que embargaba nuestro alrededor, y aunque hubiese querido, me era imposible pronunciar palabra alguna, estaba totalmente pedida en sus ojos.
Después de un buen rato empezamos a caminar hacia mi departamento, cuando al fin llegamos, nos dirigimos a la habitación, el silencio empezó a tornarse insoportable, entonces ella se presentó, su nombre era Francisca y retumbó en toda la habitación…
Enseguida le ofrecí ropa seca para que se cambiase, tomó la ropa y suavemente dejó caer su vestido al suelo, era tal cual la imaginé, absolutamente hermosa, pero noté algo extraño en ella, llevaba una condena colgada en su vientre, era algo así cómo un temor a confesarse la verdad, a encontrarse y reconocerse, en un cierto momento pensé que era yo quien estaba desnuda frente a mi misma.
Cerré nuevamente mis ojos y bajé la cabeza, volví mi mirada a ella y estaba allí, quieta, tranquila y desnuda. Lentamente me acerque, no quería asustarla o mejor dicho no quería asustarme. Toqué su cabello negro con mucho cuidado, lo acaricié durante un buen rato, empecé a bajar mi mano lentamente hacia su frente, sus ojos, sus labios; ella, desabrochó mi blusa mojada y me la quitó; yo seguía bajando, palpé sus hombros, llegué a sus senos, allí me detuve muchísimo tiempo estaban tan mansos que debía tratarlos bien, acerqué mis labios a sus pezones y los rocé con mi lengua descalza y continué bajando; ella abrió el botón de mi pantalón y me lo quitó sin ningún reparo.
Ya desnudas, la recosté en mi cama y ella posó su mano en mi mejilla y sonriendo me pidió un beso, yo también sonreí y acerqué mis labios a los suyos, la besé con la pasión que una mujer como ella se merecía, acaricié su vientre terso y firme, mi mano y mis labios resbalaron hacia sus caderas alcanzando sus nalgas, tras haber examinado cada célula de su piel volví a sus labios, esos mismo labios que ya alguna vez había besado.
Lo confieso le hice el amor a esa mujer, en verdad sentí que hice el amor, por primera vez en mi vida sabía que pude amar a alguien y que ese alguien aunque sea por un segundo me amó. No fue solo algo sublime, había algo más, algo que traía recuerdos no se de qué ni de quién pero en esos momentos no pretendía romperme la cabeza pensando boberías. Sólo quería concebir esa sensación mágica de placer, ternura y pasión.
Los orgasmos iban y venían como cuando las olas de mar golpean los arrecifes, es difícil describir todo eso que sentí, pero la vida debería terminar en un orgasmo y empezar en otro. La noche transcurrió impaciente y complaciente, la luz de la luna alumbraba nuestros cuerpos en plena lucha por reconocernos y poseernos.
Al día siguiente, como todas las mañanas abrí mis ojos, pero ahora era distinto, por fin el sol alumbró mi rostro, di vuelta mi cabeza, y ella estaba allí, con sus ojos cerrados, se la notaba tan serena y preciosa, con su cabello extendido en la almohada y con la misma sonrisa demoníaca que me atrajo. Ella se dio cuenta que la observaba, abrió un ojo, abrió el otro y de su boca salieron las palabras “te amo”, algo que jamás pensé oír de nadie. No pude resistirme y le respondí sinceramente que yo también.
Ya han pasado tres años desde ese encuentro improvisado y extraordinario. Y hoy como todos los días abro mis ojos pero mí mirada ya no se dirige a la venta, sino hacia el otro lado, hacia donde ella duerme. En cada despertar sé que esa es la mujer con quien envejeceré y con quién mi vida terminará y ahora por las tardes las dos pasamos sentadas tras el vidrio del café amándonos sin silencios y repletando nuestras vidas de realidades. martes, julio 03, 2007
¡Amantes para siempre!
Cada día que pasa tengo miedo de respirar, de sentir, de ser. Cada mañana es una tortura, sólo el pensar que debo encontrar gente en la calle, que debo trabajar. La rutina no va conmigo pero es parte de mi vida. Al despertar abro mis ojos y miro a la ventana, nunca siento que el sol entre por ella. Como siempre salgo temprano para evitar el tráfico pero no sirve de nada, el mundanal ruido de la ciudad me aturde y me harta, esta vida sin vida no es nada.
Siempre espero a la tarde para dejar los papeleos de la oficina, para alejarme de ese montón de gente que sólo estorba, para apartarme del sonido de las copiadoras y descansar mis ojos del computador, cada tarde voy al café de la esquina del trabajo. Como todo buen poeta me siento en la ventana que da a la calle, desde allí puedo ver la gente pasar sin que puedan tocarme, y muchos ni siquiera se dan cuenta que los observo, detrás de ese vidrio tan delgado soy invisible e invencible, no soy nadie y soy más que ellos. Al terminar mi café camino hacia mi departamento está a unas cuadras de allí. Vivo sola, no tengo amigos, ni familia, por eso a veces me pregunto si en realidad existo, pero tristemente se que sí.
Era una tarde como cualquiera, llovía a cántaros, todos esos malditos e ingenuos individuos que estaban afuera corrían para evitar mojarse, que tontos. En fin, miraba a través del vidrio, tenía dibujada en mi rostro una sonrisa burlona, cuando de repente, no se de donde ni en qué momento, en medio de la calle apreció la mujer más hermosa que jamás pensé ver, tenía un cuerpo fascinante, sus cintura era como la de una avispa a punto de parir, tenía un semblante de ángel que había sido pervertido por el demonio, ¡que cara!, esos ojos seductores y deseosos, esos labios partidos pero carnosos, sus senos se veían rígidos como montañas, sus piernas parecían tan escuálidas pero a la vez rígidas como dos troncos. Estaba vestida como una puta, llevaba un vestido rojo y unos tacones del mismo color, y aun así era perfecta, la lluvia cubría su cuerpo como manto, parecía no tener frío porque sus pezones no estaban alborotados.
Juro que quería mirar hacia otro lado, pero no me era posible, estaba hipnotizada por esa hembra solitaria, ella alzó la mirada y se fijó en mí, estoy segura que se fijó en mi, lo sé porque me sonrió diabólicamente, cerré mis ojos para comprobar que no era una ilusión estúpida de las que suelo tener, pero no, ella seguía allí en frente, mirándome inmutable.
Era la primera vez que no sentía asco de alguien, entonces, exasperadamente y sin razón me levanté de la silla y corrí hacia a fuera, crucé la calle, la tomé de la mano y acaricié su cara, era tan suave y delicada que no sabía cuanto más resistiría mi corazón. Ella no dejó de mirarme, estábamos empapadas y ello parecía no importarnos, no dijimos ni una palabra pero estaba presente esa tonta necesidad de escuchar su voz por primera vez, y a pesar de ello me enamoró ese silencio que embargaba nuestro alrededor, y aunque hubiese querido, me era imposible pronunciar palabra alguna, estaba totalmente pedida en sus ojos.
Después de un buen rato empezamos a caminar hacia mi departamento, cuando al fin llegamos, nos dirigimos a la habitación, el silencio empezó a tornarse insoportable, entonces ella se presentó, su nombre era Francisca y retumbó en toda la habitación…
Enseguida le ofrecí ropa seca para que se cambiase, tomó la ropa y suavemente dejó caer su vestido al suelo, era tal cual la imaginé, absolutamente hermosa, pero noté algo extraño en ella, llevaba una condena colgada en su vientre, era algo así cómo un temor a confesarse la verdad, a encontrarse y reconocerse, en un cierto momento pensé que era yo quien estaba desnuda frente a mi misma.
Cerré nuevamente mis ojos y bajé la cabeza, volví mi mirada a ella y estaba allí, quieta, tranquila y desnuda. Lentamente me acerque, no quería asustarla o mejor dicho no quería asustarme. Toqué su cabello negro con mucho cuidado, lo acaricié durante un buen rato, empecé a bajar mi mano lentamente hacia su frente, sus ojos, sus labios; ella, desabrochó mi blusa mojada y me la quitó; yo seguía bajando, palpé sus hombros, llegué a sus senos, allí me detuve muchísimo tiempo estaban tan mansos que debía tratarlos bien, acerqué mis labios a sus pezones y los rocé con mi lengua descalza y continué bajando; ella abrió el botón de mi pantalón y me lo quitó sin ningún reparo.
Ya desnudas, la recosté en mi cama y ella posó su mano en mi mejilla y sonriendo me pidió un beso, yo también sonreí y acerqué mis labios a los suyos, la besé con la pasión que una mujer como ella se merecía, acaricié su vientre terso y firme, mi mano y mis labios resbalaron hacia sus caderas alcanzando sus nalgas, tras haber examinado cada célula de su piel volví a sus labios, esos mismo labios que ya alguna vez había besado.
Lo confieso le hice el amor a esa mujer, en verdad sentí que hice el amor, por primera vez en mi vida sabía que pude amar a alguien y que ese alguien aunque sea por un segundo me amó. No fue solo algo sublime, había algo más, algo que traía recuerdos no se de qué ni de quién pero en esos momentos no pretendía romperme la cabeza pensando boberías. Sólo quería concebir esa sensación mágica de placer, ternura y pasión.
Los orgasmos iban y venían como cuando las olas de mar golpean los arrecifes, es difícil describir todo eso que sentí, pero la vida debería terminar en un orgasmo y empezar en otro. La noche transcurrió impaciente y complaciente, la luz de la luna alumbraba nuestros cuerpos en plena lucha por reconocernos y poseernos.
Al día siguiente, como todas las mañanas abrí mis ojos, pero ahora era distinto, por fin el sol alumbró mi rostro, di vuelta mi cabeza, y ella estaba allí, con sus ojos cerrados, se la notaba tan serena y preciosa, con su cabello extendido en la almohada y con la misma sonrisa demoníaca que me atrajo. Ella se dio cuenta que la observaba, abrió un ojo, abrió el otro y de su boca salieron las palabras “te amo”, algo que jamás pensé oír de nadie. No pude resistirme y le respondí sinceramente que yo también.
Ya han pasado tres años desde ese encuentro improvisado y extraordinario. Y hoy como todos los días abro mis ojos pero mí mirada ya no se dirige a la venta, sino hacia el otro lado, hacia donde ella duerme. En cada despertar sé que esa es la mujer con quien envejeceré y con quién mi vida terminará y ahora por las tardes las dos pasamos sentadas tras el vidrio del café amándonos sin silencios y repletando nuestras vidas de realidades.
Publicado por
Pachuli
en
10:30 p. m.
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Etiquetas: cuento corto
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